miércoles, 1 de octubre de 2025

¿Inmortalidad para qué?

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


El deseo de inmortalidad es un universal de la cultura. No solo embriaga a la élite actual de tiranos y multimillonarios. Antes de ellos fue la obsesión de reyes y faraones. Y, antes aún, tema imperecedero de mitos y leyendas – la primera obra literaria conocida, la epopeya de Gilgamesh, trata justamente de la búsqueda de la eterna juventud –. Un poco más tarde, religiones como el cristianismo democratizaron la esperanza de inmortalidad entre sus fieles. Y mucho después – hoy mismo –, secularizada en forma de culto a la salud y a la lozanía juvenil, se extiende entre pobres y ricos con enorme contento de clínicas, gimnasios, terapeutas, nutricionistas, esteticistas, influencers, gurús del transhumanismo y mercachifles varios. La inmortalidad prometida por la criogénesis, la parabiosis, los tratamientos palingenésicos, las inyecciones de telómeros, los trasplantes sucesivos, los clones y otros delirios neoalquímicos representa hoy el viejo sueño del rey Gilgamesh revestido de tecnología e historias marcianas. 

Y no es que la inmortalidad (o, mejor, la longevidad) esté mal en sí. ¡Quién la pillara! El problema está en qué hacer con ella. Decía Borges que los inmortales, en su desolada e infinita existencia, estaban fatalmente condenados a tomar todas las decisiones posibles (incluyendo las peores). ¿Pero por cuál de ellas empezar? ¿Cómo darle sentido a una vida mucho más larga que la presente?  ¿Estaríamos trescientos años tomando cañas o viendo series – o, si prefieren la versión VIP, navegando en yate y celebrando orgías –? 

Los optimistas pensamos que vivir puede ser algo bueno y que, en ese caso, merecería la pena hacerlo casi para siempre, pero no tenemos claro qué es una vida buena. ¿Es una vida dedicada a procurarse placer constantemente? ¡Agota solo imaginarlo! ¿Es una vida consciente de la finitud de la muerte, como rezan los ateos más sombríos? Pero que la vida acabe en nada no parece para nada bueno. ¿Entonces?... Podríamos recurrir al tópico de que la vida buena es la vida con sentido, es decir, la vida proyectada hacia un fin más valioso que ella misma. Esto también vale para la vida de talla pequeña que vestimos ahora (aunque en esta, por la brevedad del pase, es más fácil disimular la falta de orientación). 

¿Y cuál podría ser el fin que diera sentido a la vida? – nos preguntamos todos –. Decía Platón que el secreto de la inmortalidad estaba en una cierta forma de «procreación», no en la belleza de los cuerpos o en la nobleza de las almas (ni los hijos ni la fama nos aseguran una auténtica inmortalidad), sino en el amor a la verdad. Solo quien conoce ama, decía también el sabio Paracelso; y solo quien ama se hace uno con lo amado. Quien ama la verdad se descubre, pues, tan eterno y pleno como ella. Los adultos disfrazados de jóvenes que dominan el mundo no comprenden todavía esto; su deseo de inmortalidad revestida de eterna juventud está lejos de la plenitud del sabio y, por ello, más cerca de un eterno y tedioso retorno de lo mismo que de una verdadera longevidad. ¿Tendrán tiempo de darse cuenta?


miércoles, 24 de septiembre de 2025

Risa y civilización

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

 

Siempre he admirado el sentido del humor ácido y a menudo autocrítico de los norteamericanos (especialmente, como me recuerda un amigo, ese que se ha dado en llamar humor judío). La primera vez que vi la comedia «One, Two, Three» de Willy Wilder, comprendí por qué los americanos le ganaron la guerra fría a los rusos. La película, estrenada en 1961, y titulada «Uno, dos, tres» en España, era una sátira en la que se caricaturizaba con el mismo humor vitriólico a soviéticos y norteamericanos. Solo quien es realmente superior – pensé – puede reírse así de sí mismo y pese a ello (o precisamente por ello) ganar la batalla ideológica. Casualmente, durante ese mismo año de 1961 los rusos levantaron el muro de Berlín, señal inequívoca de que habían perdido estrepitosamente la guerra, la cultural y todas las demás: eran incapaces de reírse de sí mismos y daban por eso mucha más risa. 

Observo ahora las patéticas maniobras de Donald Trump para acabar con los «late shows» televisivos en los que se ríen de él y tengo la intuición de que los Estados Unidos están verdaderamente en las últimas, y que el movimiento MAGA no va realmente de hacerlos grandes de nuevo, sino de encerrarlos en una enorme mentira que los anestesie frente a un proceso irreversible de envilecimiento moral y empequeñecimiento político. 

El humor sin restricciones es la prueba de fuego del clímax civilizatorio de un pueblo. Reírse sin complejos de uno mismo, tanto o más que del prójimo, es también un síntoma claro de madurez humana. En ambos casos la burla significa que se tiene la seguridad y la lucidez suficiente como para perderle el miedo y el respeto tanto a los demás como a todas las ridiculeces que uno mismo cree ser, sin que tal cosa conduzca al odio, el victimismo o la violencia, sino a la infinita y profunda compasión que – después de la carcajada – nos inspira el conocimiento profundo de lo que somos. 

Por eso, que Trump – ese siniestro bufón de sí mismo armado hasta los dientes – sea incapaz de soportar a quienes se ríen de él o de aguantar una reunión sin que se le adule con el simulado respeto que prestamos a los locos, no es más que una muestra evidente de la extrema debilidad del personaje y, con ella, de la decadencia de todo lo que este representa. Porque la risa y la sátira sin límite marcan el clímax de una civilización, pero también el principio de su caída. El gran ciclo de la comedia americana que culmina en los sesenta y prosigue de forma más histriónica y vulgar en la era dorada de los «late shows» televisivos se acaba en los USA de Trump (tal como se acabó la Atenas de Aristófanes o el Siglo de Oro español). Y todo hace temer que tras el fin de esa eclosión de luz y libertad vuelva – siempre vuelve – el fanatismo, la guerra y la lenta agonía de una civilización destinada a disolverse como tantas otras. Es lo que ocurre cuando la burla, irreverente y herética por definición, desata la tormenta del resentimiento en todos aquellos (líderes o liderados) que, incapaces o marginados del ejercicio trascendental de la risa, necesitan volcar su humillación sobre los «chistosos de la clase», chivos expiatorios de todos los que guardamos un prudente silencio de muerte ante los tiranos que andan tomando y rondando el poder.


miércoles, 17 de septiembre de 2025

La política apoliticidad del deporte

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


El boicot a la Vuelta Ciclista ha acrecentado el clamor de muchos ciudadanos por despolitizarlo todo, no solo el deporte, sino el arte, los medios, la judicatura, las discusiones familiares y, si mi apuran, hasta a los mismos políticos (tal vez sustituyéndolos por inteligencias artificiales, como recientemente en Albania). En el fondo anda esa vieja e insensata creencia que considera a la política como el veneno que contamina la convivencia, en lugar de lo que la hace realmente posible.

Decía Aristóteles que el ser humano es, por definición, un animal político, esto es: un ser que necesita vivir en sociedad y, por ello, arbitrar normas y valores para articular la vida en común. Y es curioso – y sospechoso – que la política tenga tan mala prensa hoy, justo cuando más presente está en una de sus formas (la de dejar que sean las normas del mercado y la guerra las que nos gobiernen a todos) y más necesaria resulte en otras; por ejemplo, en la de establecer un sistema firme y justo de normas internacionales que permitan pasar de la selva global a un mundo – permítanme el neoplasmo – políticamente civilizado.

El deporte representa hoy esta misma paradoja de simular apoliticidad cuando más político es. Y no me refiero únicamente al deporte de masas, ese que, desde las olimpiadas de la antigua Grecia hasta hoy ha sido siempre un instrumento de propaganda política y un chute de opio con que entretener al pueblo, sino al propio ejercicio privado del deporte, convertido hoy en un rito religioso en honor de los valores del nihilismo contemporáneo (la salud, la belleza física, el éxito individual…).

Precisamente porque el deporte, aunque sea una actividad netamente política, simula no serlo, es por lo que resulta una herramienta ideal para aleccionar (transmitiendo valores y pautas de conducta como si fueran naturales e inobjetables) o para proporcionar un lavado de cara moral a regímenes que quieren capitalizar el prestigio de los ideales occidentales (el deporte moderno es un producto occidental) mientras mantienen políticas completamente opuestas a dichos valores.

En contra de este «sportwashing» o lavado de cara ha reaccionado buena parte de la ciudadanía con el boicot a la Vuelta Ciclista a España, aunque la protesta no ha resultado del todo justa. ¿Por qué solo el equipo israelí y no los sufragados por teocracias árabes como Emiratos o Baréin? ¿Y por qué solo la Vuelta y no los grandes acontecimientos futbolísticos o la Fórmula 1, todos ellos contaminados por el dinero de estos estados deseosos de ganar legitimidad a la par que aplastan cualquier asomo de democracia, entierran en vida a sus mujeres y se ríen de los derechos humanos.  

En cualquier caso, la estrategia del boicot parece justificada en el ámbito deportivo. A diferencia del arte o la filosofía, actividades en las que la provocación y el diálogo crítico son elementos consustanciales (y en las que, por ello, no debería haber veto alguno), el espectáculo deportivo es un evento netamente propagandístico, en el que no cabe discutir sobre el valor de lo que se exhibe y en el que, por eso, resulta oportuno boicotear aquello que no concuerda con los ideales que queremos transmitir. Otra cosa sería que nos dejáramos definitivamente de hipocresía y celebráramos los valores políticos realmente imperantes (la competencia feroz, el engaño, la desigualdad rampante, el ejercicio libre de la fuerza…), en cuyo caso los equipos y deportistas que representan a Israel, Rusia, China, Irán, los países árabes o los USA de Trump, serían completamente bienvenidos.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Los filósofos y Gaza

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


   No es difícil encontrar filósofos defensores y detractores, en uno u otro momento, de toda clase de ideas y posiciones políticas. Es lo propio de ese diálogo continuo en que consiste la filosofía. Sin embargo, bajo esta dialéctica incesante late una pregunta igualmente filosófica, y en muchos sentidos decisiva: ¿existe algo que podamos entender todos como radicalmente injusto? Algunos pensadores del siglo pasado apuntaron al Holocausto nazi como un hecho moral singular, ante el que todos debíamos emitir un juicio único y contundente. Pero tal vez esto fuera una exageración…

Pensemos en lo que ocurre ahora en Gaza. ¿Podría pensarse en la masacre de la población gazatí (por parte del Estado heredero moral de Holocausto) como una acción universalmente injusta? Desde luego, no lo es para Hamás, que la provocó para demandar atención y desprestigiar al enemigo, ni para el gobierno de Netanyahu, que la utiliza para acabar del todo con el nacionalismo palestino. ¿Pero y para los filósofos, o para cualquier persona que no tenga intereses directos en el conflicto?

Una primera perspectiva podría fundarse en el análisis de medios y fines. Los medios pueden ser racionales, pero los fines no (y a viceversa). Curiosamente, Hamás y el gobierno hebreo emplean actualmente los mismos medios (masacrar a la población civil, fundamentalmente la palestina) para lograr un fin similar (suprimir a los enemigos y recuperar la tierra sagrada de sus antepasados). ¿Pero es este fin racional? Si no lo es, difícilmente podremos justificar los medios. Y si supusiéramos otros fines más razonables (como la seguridad del Estado judío, o la construcción de dos Estados – o uno plurinacional—), serían los medios actualmente empleados los que serían discutibles (¿Será Israel un país más seguro tras haber matado indiscriminadamente a miles de sus vecinos? ¿Estará más cerca la convivencia política tras multiplicar el odio mutuo al infinito?).

Otra perspectiva posible tiene que ver no con medios o fines, sino con principios. Una ética de principios podría decir cosas como: “hagan lo que hagan otros, y sean cuáles sean nuestras circunstancias o intereses particulares, no se mata a niños a sangre fría, no se deja morir a enfermos sin necesidad, no se dispara a los hambrientos, no se bombardean escuelas y hospitales repletos de gente, no se utiliza a civiles como escudos humanos…”. Pero este planteamiento ético parece totalmente extemporáneo hoy. Si algo hemos aprendido de la masacre (o, para algunos, el genocidio) de Gaza, es que hemos retrocedido definitivamente a un mundo sin normas ni principios – ni siquiera retóricos o simbólicos – distintos a los de la fuerza bruta.

Ahora bien, donde no hay predisposición a considerar principios ni reflexión sobre los fines, no hay objetivamente nada sobre lo que filosofar, y el diálogo se detiene frente al antagonista perfecto del universal ético: la realidad desvelada como una simple y absurda pesadilla. Me temo que en esas estamos.

 

miércoles, 3 de septiembre de 2025

Porque lo digo yo

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

No hay mayor exhibición de poder que crear la realidad a golpe de palabras. Es lo que hacen dioses, literatos, filósofos o… políticos. En el caso de los más tiranuelos (o en trance de deificación) las palabras pueden ser especialmente inverosímiles (piensen en las barbaridades y mentiras descaradas de Trump e imitadores). Pero no pasa nada, pues los objetivos de la mentira mayestática son acrecentar el propio poder («mi palabra es la ley», cantaba Vicente Fernández) y promover la conformidad o fe ciega de súbditos y creyentes («Credo quia absurdum», decían los teólogos más fideístas).

En un artículo reciente, el filósofo Daniel Innerarity reflexionaba en cómo este uso político de la mentira conculca la idea de que vivamos en la era de la «posverdad»: sin una firme creencia en la verdad – dice – no cabría el respeto supersticioso por el que se la salta con total impunidad (ni otros fenómenos concomitantes como el de la polarización política). Yo añadiría que más que una negación de la verdad, lo que prolifera en nuestra (nada original) época es la subordinación de la verdad al poder: la verdad existe, pero se mide por su utilidad para lograr conformidad, apoyos, victorias bélicas o logros personales.

Para combatir o equilibrar este pragmatismo (que, llevado al extremo, amenaza a toda democracia que se precie) se suele invocar a la educación, al diálogo y a la educación en el diálogo. Son ideas razonables, pues un verdadero diálogo (y una verdadera educación) antepondrá siempre la verdad al poder o, si quieren, no aceptará más poder que el de la verdad (en tanto y cuanto se manifieste así para quienes participan de él). Ahora bien, que la idea sea razonable no quiere decir que sea fácil de poner en práctica.

Por lo mismo que el diálogo desmonta toda exhibición o voluntad de poder, no puede darse allí donde se imponen el poder o el deseo de este. Por ello es difícil que el diálogo crezca en entornos públicos (parlamentos, redes sociales…) en los que la prioridad es la pura confrontación por el poder (incluyendo el poder personal), o en otros que parecen haberse contagiado de esta concepción pragmática de la verdad.

¿Qué hacer entonces? Para promover un diálogo honesto que priorice la verdad sobre el poder hay que cultivar primeramente ciertas virtudes públicas, como la humildad (el diálogo no es una confrontación de egos…), la cooperación (… ni un torneo retórico), el rechazo a toda violencia (… ni una negociación), el pluralismo (… ni un monólogo camuflado), la empatía (…ni un diálogo de sordos) o una cierta «generosidad hermenéutica» (… ni el gozoso linchamiento del argumento del otro convertido en hombre de paja). Pero además de estas virtudes, hay que exigir también un mínimo de rigor epistémico, y esto nos devuelve al principio. El «es así “porque” lo percibo, siento o digo yo» (en lugar del «es así “como” lo percibo, siento o digo yo antes de que contrastemos datos y razones») no es solo una exhibición de poder que impide toda dialéctica, sino, peor aún, una exhibición de casi la peor mentira democrática que podamos concebir: aquella que pretende hacer pasar por diálogo libre lo que no es sino una alienante exhibición de poder individual – a imagen y semejanza del que teatraliza el tirano para demostrar que lo es –.

martes, 2 de septiembre de 2025

Qué hubiera sido de mi vida si...

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura

Siendo niño, solía leer una revista del corazón que andada a menudo por casa. Era cutre y sensacionalista a más no poder, pero tenía una sección que me llamaba mucho la atención. Se llamaba «Qué hubiera sido de mi vida si…» y en ella los lectores imaginaban cómo hubiera cambiado su existencia si hubieran tomado decisiones distintas a las que en su momento tomaron. Aunque en la revista se insistía en la importancia de las decisiones personales, a mí me daba por pensar en aquellas circunstancias sobre las que no tenemos ningún control (si es que en las «decisiones» tenemos alguno). ¿Qué hubiera sido de mi vida si… hubiera nacido en otro lugar, si mis padres fueran más ricos, si fuera más alto y guapo?

Hace más de cincuenta años, el filósofo John Rawls utilizó el término «velo de ignorancia» para nombrar la hipótesis que, según él, deberíamos asumir antes de juzgar si algo es políticamente aceptable. La hipótesis consiste en imaginar que no sabes qué lugar te va a tocar ocupar en una sociedad dada (si vas a ser varón o mujer, sano o discapacitado, rico o pobre…), ¿qué principios, leyes o medidas a implantar te parecerían entonces justas o injustas? La propuesta es que, antes de promover o apoyar una ley, imagines cómo sería tu vida bajo ella en el caso de que hubieras nacido pobre, o mujer, o en una familia o región más deprimida que otras…

De todo esto me acuerdo cuando oigo lo que oigo sobre los inmigrantes. Fíjense que la mayoría de los argumentos o creencias sobre la inmigración se responden de manera simple y contrastando datos: ¿Traen los inmigrantes más delincuencia? Según los datos de jueces y policías, no. ¿Nos quitan el trabajo a los nativos? Según empresarios, gobierno y sindicatos, no (es más: trabajan en lo que no quieren hacer los de aquí). ¿Copan el acceso a los servicios sociales? No: son trabajadores jóvenes y, por ello, los que más contribuyen y menos necesitan de esos servicios. ¿Suplantan a la población autóctona? No: más bien son la minoría que la sirve y cuida a muy bajo coste. ¿Atentan contra nuestra cultura o identidad? No: nuestra cultura tradicional está siendo transformada – como ha pasado siempre – por culturas más ricas y fuertes, como ahora la anglosajona, y no o muy superficialmente por las de los inmigrantes (la mayoría de los cuales, que son latinoamericanos, tienen la misma que nosotros) …

Pero más allá de estos datos, hay una cuestión que, para planteársela e intentar responder a ella, es imprescindible un cierto ejercicio de empatía e imaginación: «¿qué hubiera sido de nuestra vida si fuéramos pobres en un país pobre y supiéramos que unos kilómetros más allá hay trabajos diez veces mejor pagados, médicos asequibles, viviendas dignas y parques y escuelas para nuestros hijos…? ¿No haríamos todo lo posible para escapar de la miseria y jugarnos la vida en la primera patera que pudiésemos pagar? ¿No haríamos lo mismo que los inmigrantes ilegales si la inmigración legal fuera poco menos que imposible?». Piénsenlo. Yo creo que sí. Ya lo hicieron, de hecho, nuestros padres y abuelos cuando tuvieron que irse, con papeles o sin ellos, a cualquier rincón del mundo a buscarse el sustento. Y eso, aunque al otro lado de la frontera hubiera gente que, como ocurre ahora, los despreciara y estigmatizara azuzados por demagogos sin escrúpulos.

 

viernes, 22 de agosto de 2025

La educación ecosocial desde una perspectiva ética y crítica


 La educación ambiental o, como se dice ahora con más ambición, "ecosocial", es fundamental para entablar una relación más conveniente, justa y sabia con la naturaleza y, a la vez, con el resto de los seres que vivimos de ella y con ella. Siempre que esta educación, como toda educación en valores (¿Cuál no lo es?) se imparta desde una perspectiva crítica, es decir: ética. Sobre todo esto, la Fundación Manuel Mindán nos publica un artículo en el nuevo número de su boletín anual. Para leer todos los artículos pulsar aquí. 

miércoles, 20 de agosto de 2025

De cabras y cabrones

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Corría hace días un meme que afirmaba que el problema de los incendios forestales se resolvía con
«más cabras en los montes y menos cabrones en los despachos». Se trata de una ingenua o malintencionada cretinez que, como cualquier otro meme, tenía el éxito asegurado entre quienes se impacientan por leer más de dos frases seguidas. Pero veamos por qué se trata de una simpleza.

En primer lugar es dudoso que el incremento de los incendios se deba a un exceso de legislación «ecologista» presuntamente culpable de despoblar los campos y multiplicar la masa forestal, como viene a decir el tal meme (y algunos políticos y representantes de organizaciones agrarias). Hace treinta o cuarenta años, con leyes medioambientales menos restrictivas, más población rural y menos masas forestales, se quemaban el doble de hectáreas (miren las estadísticas). Y si los incendios han disminuido a la mitad parece que es, precisamente, gracias a esas políticas forestales que, sin ser perfectas, son el doble de buenas que lo que había. El problema de los incendios no es, pues, que haya demasiadas leyes, ¡sino que no se cumplan! La «ecologista» Ley de Montes, en vigor desde 2003, ya obligaba a la limpieza de montes durante todo el año. Otra cosa es que los dueños del cortijo (el territorio forestal es en su inmensa mayoría propiedad privada) y las CC. AA. competentes hagan lo que les toca. Por cierto: ¿serán las comunidades donde hay más incendios «por culpa de las leyes ecologistas» las que menos respetan las «leyes ecologistas»?

Por otra parte, controlar el nivel de maleza del monte ayuda, pero solo después de que se haya producido el incendio, que es lo que hay que evitar. Los bosques tienen malezas y sotobosque desde el principio de los tiempos, y no siempre se queman. Para que ardan hay que prenderles fuego. Y desengáñense, el rayo o el pirómano loco representan un porcentaje mínimo: la mayoría de los incendios son provocados por negligencias humanas, sobre todo por el uso ilegal del fuego en actividades agrícolas y ganaderas (vuelvan a mirar las estadísticas). Si a esta inveterada tradición rural de «la quema», más otros descuidos y negligencias humanas, le unimos el cambio climático global – sí, ese que demuestran miles de científicos de todo el mundo y niega una porción de demagogos de barra de bar con aspiraciones políticas – nos encontramos con lo que tenemos: gigantescos incendios casi imposibles de parar.

La solución no es, pues, soltar cabras por el monte (curiosamente, los incendios más graves se dan en las CC. AA. donde hay más ganadería extensiva), sino que personas verdaderamente expertas trabajen –y perdón por la expresión – «como cabrones» en los despachos generando estrategias de gestión forestal no basadas en bulos o en el quimérico retorno a una falsa arcadia rural, sino en el cumplimiento de las leyes, la identificación de los delincuentes, la dignificación de los trabajadores forestales y la coordinación entre expertos, profesionales y autoridades para prevenir, reducir y extinguir con mayor eficacia los incendios. Si nos dejamos de memes y actuamos responsablemente como ciudadanos (no votando, por ejemplo, a quienes niegan lo evidente y reniegan de las leyes que protegen nuestros recursos forestales), tal vez evitemos que nuestros nietos hereden un pedregal desértico donde no puedan vivir ni las cabras.

 

miércoles, 13 de agosto de 2025

Educación y mestizaje

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


 Lo primero que les pregunto el primer día de clase a mis alumnos es quiénes son. La mayoría comienza diciéndome cosas tan extravagantes como su nombre u ocupación actual; como si no pudieran llamarse de otro modo o dedicarse a otra cosa. Otros, poseídos por la mitología del género, me dicen muy serios que son varones, mujeres o vete tú a saber; como si las personas no pudiéramos ser tales más allá de nuestra condición genética y cultural. Y otros, más patriotas, proclaman que son españoles, ahí es nada; como si no se pudiera pasar de la tribu y probar otras costumbres, vivir en otros lugares, hablar otras lenguas y creer en otros dioses … sin dejar de ser lo que somos…

Si es que tal cosa es posible, pues todo lo dicho encierra una invencible paradoja filosófica: ¿cómo mantener el más mínimo asomo de identidad si todas las propiedades que nos definen son variables y accesorias? El viejo filósofo Parménides decía que las cosas que cambian no pueden ser nada. Y Heráclito el Oscuro afirmaba que lo único que no cambia es que todo está cambiando. Tal vez sea esta imposibilidad lógica de «ser» la que haga que la gente se agarre a cualquier ilusión de inmovilidad – el nombre, el oficio, el género, la patria, la lógica... – como si no existiera un mañana que lo deshiciera aparentemente todo.

Ahora bien, ¿tan terrible es el cambio? ¿Es que no hay cosas que cambiar y mejorar? Imaginad – les digo que dice otro filósofo – que no fuéramos más que el deseo de esa identidad y plenitud que nos falta. ¿No nos lanzaríamos entonces a buscarnos en todo lo que difiere y divierte, a ver si en el encuentro con lo diferente y «otro» logramos cambiar y reconocernos más íntegros y mejores? Si no creyera en esta posibilidad – les confieso – cambiaría de oficio, pues qué otra cosa es educar sino celestinear ese encuentro…

Es por esto que la demagogia de algunos sobre la necesidad de «proteger los usos y costumbres españolas» frente a los inmigrantes es no solo falsa (las «costumbres españolas» – las buenas y las malas – están de moda, y en absoluto amenazadas) e incongruente (no hay uso, costumbre, lengua o religión «españolas» que no sea fruto del mestizaje con otras culturas, entre ellas la islámica), sino también patética, en cuanto ensalza el «pathos» del miedo al «eros» del encuentro con lo que nos saca de nuestras casillas y nos empuja a crecer.

Pero ojo, esto no quiere decir que no sea igual de incongruente y patético sacralizar los usos, costumbres o valores de los inmigrantes. Hacer comunidad y facilitar un encuentro fértil e integrador entre culturas exige derribar usos, costumbres, prejuicios, dogmas y guetos – sean de quienes sean – que impidan la convivencia real, esto es: el intercambio libre y honesto de ideas. Y esto exige que quienes vivan o lleguen a nuestro país acepten, como cualquier otro ciudadano, las condiciones necesarias de ese encuentro: dominar un idioma común, aceptar el cuestionamiento de las propias creencias, abrirse a participar en la búsqueda de acuerdos, rechazar toda posición dogmática, tolerar las ideas contra las que aún no se logrado (con)vencer a los demás, y no admitir en el diálogo y la interacción con otros más fuerza que las de los argumentos (y, en su defecto, la de las leyes). Si estamos todos bien educados en esto, ya pueden pasearse por la calle todos los que quieran y quepan, por diferentes que nos parezcan. Los presuntos privilegios que tememos perder por su culpa nos serán recompensados con ese fértil mestizaje que nos va haciendo ser aquello tan problemático que somos.


jueves, 7 de agosto de 2025

El verdadero secuestro de Israel

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Suele decirse que la primera víctima de una guerra es la información. Pero es difícil interpretar erróneamente lo que ocurre en Gaza. No solo porque los intérpretes que coinciden sean muchos y distintos (agencias internacionales, ONG, médicos, periodistas que se juegan la vida sobre el terreno, incluso organizaciones y medios israelíes), sino porque las propias autoridades hebreas lo confiesan sin el menor rubor: se trata de arrasar Gaza, volver el territorio inhabitable para los palestinos que sobrevivan y apropiarse de él. El plan está clarísimo. Y los atentados de Hamás han sido la ocasión de oro para los que suspiraban por llevarlo a cabo. 

La pregunta clave es cómo justifica todo esto el resto de la ciudadanía israelí. Saber que tu propio ejército, con el dinero de tus impuestos, bombardea indiscriminada y diariamente a mujeres y niños, dispara a la gente que acude a pedir comida o bloquea la entrada de camiones con agua y alimentos para matar de hambre a los gazatíes, no debe ser fácil. Más aún si pensamos que Israel fue fundada al amparo de la ONU (de cuyas resoluciones se burla ahora y a cuyos trabajadores no tiene reparo en asesinar) y en torno al trauma del genocidio nazi. ¿Cómo pueden justificar la matanza sistemática de palestinos los hijos de aquellos que se preguntaban, escandalizados, por la indiferencia de los alemanes ante el acoso y exterminio de los judíos durante el nazismo? 

Como ocurre en cualquier genocidio, las creencias que lo permiten o alientan han de poseer un grado de radicalidad parejo al de los crímenes que justifican. Esto puede observarse fácilmente en el caso de los fanáticos de Hamás, corresponsables de la destrucción de Gaza, cuyos milicianos no dudan de la dignidad religiosa del martirio de un pueblo entero; o en el caso del actual gobierno mesiánico y supremacista hebreo, igualmente convencido de la legitimidad de su guerra santa contra los palestinos (para cuya confusión se financió en sus orígenes a la propia Hamás). ¿Pero y el resto de la población israelí, aquella a la que solemos considerar cercana a nosotros en el ámbito de los valores morales y principios políticos? ¿De verdad puede creer que todos los gazatíes, niños incluidos, son sanguinarios terroristas merecedores del exterminio bajo las bombas o el hambre; que la forma más eficaz de acabar con Hamás es multiplicar al infinito el odio que lo retroalimenta; o que Israel es un Estado rodeado de poderosos enemigos – cuando Irán, el único que le queda, apenas es capaz de hacer despegar un solo avión para defender su espacio aéreo –?

El verdadero secuestro causante del exterminio de los parias de Gaza no es, pues, el de unos cientos de israelíes (muchos de ellos vivos, a diferencia de los más de 60.000 palestinos muertos y olvidados), sino el de los principios e ideas que hacían de Israel un bastión de la democracia y los valores occidentales en Oriente; valores que el gobierno israelí pisotea a diario, poniendo al estado judío a la «altura» de su archienemigo Irán. Tal vez es lo que deseaban tanto Hamás como el gobierno de Netanyahu quien, con la indiferencia de buena parte de la ciudadanía, y la complicidad de EE. UU y sus vasallos, tiene secuestrado un proyecto político que quiso ser radicalmente distinto al que hoy nos avergüenza. 


miércoles, 25 de junio de 2025

Anarcobelicismo

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Suele pensarse de manera harto simple que el derecho y la fuerza son dos fuentes antagónicas de poder político. Se trata de un análisis simplón, porque olvida que el derecho puede nacer de la fuerza (en los regímenes tiránicos también hay leyes) y que la fuerza es parte constitutiva del derecho (en las democracias también hay policías). Sea como fuere, en la política el tamaño importa (en esto, según los más rigoristas, se diferencian la política y la ética), y aunque no hay derecho sin ejercicio de la fuerza, parece que es menos fuerza si la ejerce la mayoría y solo en determinados ámbitos (como en las democracias liberales) que si la ejerce una minoría en todos los órdenes de la vida (como en los regímenes totalitarios).

Pues bien, podemos decir que, si durante muchos años (desde el final de la II Guerra Mundial) el derecho y la democracia liberal han gozado de una época dorada, hasta el punto de que sus formas se extendieran al ámbito de las relaciones entre naciones, generándose por vez primera un conjunto de instituciones de legalidad internacional que nos han permitido soñar con la sociedad cosmopolita y pacífica que idearan los filósofos ilustrados, hoy día todo este castillo de naipes se ha venido abajo de forma estrepitosa, inequívoca, brutal y no sabemos si definitiva.

El imperio de la fuerza bruta, no ya solo de líderes del lado más incivilizado del mundo, como Putin, sino de los de naciones que creíamos adalides de la democracia liberal, como Israel o EE. UU, han pulverizado ochenta años de esfuerzos y pretenciosa retórica internacionalista. Diríase que a la desregulación económica y financiera propiciada por el extremismo neoliberal le ha seguido la desregulación de los mecanismos de poder internacional, apenas sujetos – hasta ahora – por un leve e incipiente andamiaje de regulación normativa y una difusa bruma moral. Tras el desgarramiento de esa ilusión se ha vuelto, en suma, a esa suerte de viejo «anarcobelicismo» por el que las naciones militarmente más poderosas golpean unilateralmente a otras para lograr sus intereses sin más legitimidad que la de su fuerza. 

El problema, claro está, es que este mundo ya no es el de siempre. De un lado, la capacidad destructiva es hoy incalculable; y de otro, la sucesión de guerras propiciada por esta vuelta al más rancio realismo político impide o aplaza la imprescindible conjunción de voluntades y energías que se necesita para afrontar los problemas globales que nos acechan: la crisis climática, la desigualdad creciente, la pérdida de biodiversidad y recursos...

Y que ningún ingenuo se crea que esto va de librarnos de la tiranía de los fanáticos iraníes o de restaurar la democracia allí donde no la había. Va de obtener poder y ventajas en un planeta más limitado que nunca, y de instaurar gobiernos títeres – a cargo de pueblos sumisos – que no amenacen la hegemonía de los poderosos. Tras Irán, serán sometidos del todo Gaza y Ucrania, y después le llegará probablemente el turno a Groenlandia/Dinamarca y Taiwán. Y así seguiremos si la guerra no desata antes, en cualquiera de sus inciertos pasos, un desastre irreversible.

miércoles, 18 de junio de 2025

El latrocinio nacional

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.

Decía Fernando Díaz-Plaja que para muchos españoles desvalijar una casa y desvalijar al Estado eran cosas ontológicamente muy distintas: lo primero sería «robar», algo inaceptable y vergonzoso; y lo segundo «ser listo», algo no solo permitido, sino digno de admiración (especialmente si no te pillan). Según esta teoría, los mismos españoles que lincharían con gusto al ganapán que le roba la cartera a un señor en el metro, pasearían a hombros al despabilado capaz de defraudar millones a hacienda u obtener una subvención de manera irregular. ¿Por qué? ¿No roba realmente más y a mucha más gente el segundo que el primero?

Algunos han achacado esta incapacidad para percibir la inmoralidad de robar al Estado – es decir: a toda la ciudadanía – al individualismo feroz y a un cierta incapacidad de abstracción atribuida típica (y tópicamente) a los españoles. Por lo primero, el Estado se entendería como una odiosa imposición dirigida a estorbar – con sus normas y trámites – y asaltar a impuestos a los individuos; esto último no para sostener hospitales, colegios o carreteras, ojo, sino para mantener a los políticos, que «son unos ladrones». Y claro, quien roba a un ladrón…

Por lo segundo, pareciera que a los españoles les costara comprender al conjunto de la ciudadanía como sujeto moral. Debe ser por eso que cuando – no siendo policía – llamas la atención al energúmeno que se lleva los adoquines de una obra pública o abre un pozo ilegal en el chalé, acusándole de estar robando o perjudicando a todos, este te mira con cara de desconcierto y hasta indignación. ¿Quién es «todos»? Para él, un ente al que no se le pueda poner una cara o un nombre concretos no es una persona y, por lo tanto, no se le puede robar de ningún modo. A lo que añaden aquello de que «lo que hay en España es de los españoles» (siempre que con eso no le toquen lo suyo, lo de su familia o de sus amigos, claro).

Esta españolísima tendencia a considerar aceptable (y hasta elogiable) el trincar del Estado (es decir: de lo que es de todos) no es lo único que explica la asiduidad y desvergüenza con que ministros y altos cargos se corrompen en cuanto hay comisiones de por medio. La otra es la no menos demencial costumbre de poner las lealtades partidistas por encima de las convicciones éticas (cosa que pasa en absolutamente todos los partidos, incluyendo a los más presuntamente alternativos o retóricamente comprometidos con la revitalización democrática).

Resulta significativo, en fin, que este penúltimo gran escándalo de corrupción haya estallado justo cuando se celebraba el 40 aniversario de la adhesión de España a la Unión Europea. Cuarenta años ya sin que, de momento, se haya dado aquello que Ortega y tantos regeneracionistas anteponían – asociado a nuestra integración en Europa – a cualquier reforma o mejora económica: una profunda y verdadera reforma intelectual y moral. Todavía estamos esperándola.

miércoles, 11 de junio de 2025

Subcontratar el alma

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Cuando era adolescente me sobrevenían unas pájaras espirituales de padre y muy señor mío. Hasta llegué a consultar a una psicóloga que, sabiamente, me recomendó leer a Hegel (¡qué psicólogos aquellos que aún estudiaban filosofía!). A las pájaras les llamaba Tormentas Mentales Inenarrables (TMI, les puse hasta siglas). Las TMI eran de temer. Te dejaban varios días (a veces semanas) fuera de combate, con el castillo de naipes de tus convicciones tirado por los suelos y hecho un lío absoluto. Esto, para un adolescente en busca de sí mismo que, entre otras cosas, tenía que exhibir opiniones y actitudes firmes para simular ser alguien, era una auténtica tragedia. Tragedia que intentaba soportar escribiendo – es decir, intentando que la cosa fuera un poco menos inenarrable de lo que era –.

Sentarse a escribir no es un lujo superfluo, ni una simple manera de producir textos, sino una condición para categorizar y organizar el mundo con la complejidad necesaria para prever mínimamente (y curarse de) sus asaltos y sobresaltos. Escribir es comprender. Al fin, la realidad es lo que interpretamos como tal, no a partir de los datos, sino incluyendo a los datos, que no son más que la interpretación de lo que vemos.  Y toda esta interpretación está mediada por el lenguaje. De hecho, filósofos hay que afirman – como el Evangelio de Juan – que el mundo entero es verbo, lenguaje, habla… Y a ver con qué palabras les dice uno que no…

¿Quiero esto decir que los analfabetos, la gente que es incapaz de articular un párrafo, comprende peor las cosas? Depende. Es posible que en culturas en las que oralidad está sumamente desarrollada, el habla (íntima o compartida) pueda generar un espacio de trabajo mental similar en extensión y posibilidades a la escritura (aunque la interpretación del mundo que muestran algunas culturas ágrafas parece, en general, bastante estereotipada y conservadora). Pero en entornos como el nuestro – sin asomo ya de tradición oral – no saber expresarse por escrito, o no tener el hábito de hacerlo, equivale a afrontar desarmado y a pelo la complejidad de la cosas y de la vida.

Una de las consecuencias más obvias del uso de la IA es la de incrementar este analfabetismo funcional. Subcontratar el alma y dejar que las máquinas (más allá de los libros, que se limitan a prestarnos pensamientos de otros) escriban y articulen la información por nosotros, nos vuelve inevitablemente más bobos, en cuanto perdemos el hábito de interpretar y organizar interiormente lo que pasa y lo que nos pasa. La única esperanza que tengo es que llegue el momento en que no seamos capaces ya de comprender ni el resumen adaptado que nos prepare la IA, entremos en fase de TMI aguda, y necesitemos volver a escribirlo todo de nuevo. Tal vez no llegue nunca a ocurrir, nos volvamos imbéciles del todo, y las máquinas, como hijas nuestras que son, tomen justa y definitivamente el mando. Pero en ese caso lo tendremos bien merecido.

sábado, 7 de junio de 2025

Morir de amor 3.0

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.


Todos hemos podido y querido morir de amor durante la adolescencia. ¿Pero por un avatar? Hace unos meses un chico de catorce años, residente en Orlando (USA), le propuso tiernamente a su amada virtual – un
«chatbox» creado por inteligencia artificial con el aspecto de Daenerys Targaryen, la protagonista de Juego de Tronos –, que se reunieran en «casa», tras de lo cual tomo un revolver y se pegó un tiro.

La madre del chico puso recientemente una demanda a la empresa de juegos de rol que facilitaba esta suerte de romance, aunque lo cierto es que aquella avisaba regularmente a sus usuarios (tal vez no con toda la contundencia necesaria) de que los personajes con los que trataban eran virtuales y no reales. ¿Es la empresa responsable del suicidio? ¿O fue este el efecto de una suma fatal de circunstancias y acontecimientos mucho más complejos?

Por de pronto, ¿es imprescindible que sea real aquello que te hace «morir de amor»? ¿Qué significa «real» en un contexto amoroso? En este, como en todos los tiempos, el objeto de un enamoramiento furibundo es a veces más ideal que real. Y no pocas veces completamente engañoso. Los mitos, la literatura romántica o la mística religiosa están repletas de muertes, suicidios y mortificaciones en virtud de amores imposibles de satisfacer en este mundo. La empresa que procura intercambios virtuales con esos atractivos engendros no es, pues, la responsable de estos enamoramientos trágicos, sino solo el marco novedoso en que acontecen ahora.

 Otro factor a tener muy en cuenta es la situación actual de las nuevas generaciones. El incremento de problemas mentales no es una milonga, ni fruto de la debilidad de carácter. El mundo siempre ha sido más o menos brutal, pero el que se les muestra hoy a los jóvenes es especialmente incierto y solitario. La mayoría de ellos está convencida de que entrar al mercado de trabajo será cada vez más difícil debido, entre otras cosas, a la inteligencia artificial; la mitad cree que tendrá que mudarse por el cambio climático; y muchos otros dudan seriamente (y con razón) de que vayan a poder disfrutar de un jubilación como la de sus abuelos. A esto, y a las torturas propias de una adolescencia prolongada hasta los treinta años, se le suma la ruptura de vínculos reales propia de un universo cultural en el que priman el exhibicionismo narcisista y la experiencia aislada del mundo.

Todo esto no justifica nada, pero ayuda a comprender y a evitar casos como los del chico de Orlando. Exigir mayores medidas de protección de menores a las empresas tecnológicas está muy bien. Pero esto puede ser una cortina de humo que oculte los verdaderos problemas y las soluciones – de mucho mayor calado político – que deben articularse: la restauración del pacto intergeneracional, un compromiso más contundente contra el cambio climático y por último, pero no menos importante, una buena educación ética y en valores que nos ayude a dominar adicciones, reorientar la convivencia, y afrontar de una forma más madura y constructiva los avatares del amor.

 

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